
Durante los primeros meses de 1992, se perciben ciertos síntomas de una renovada actividad de los grupos de laicos y eclesiásticos que en el pasado eran identificados con lo que se ha dado en llamar “línea progresista” o “línea de la teología de la liberación”.
Hacía un buen tiempo, casi desde el derrumbe del comunismo en Europa del Este, que no se sabía de ellos, incluso, se pensaba que se “habían quedado colgados de la brocha” y desaparecerían sin mayor ruido.
Pero hay tres acontecimientos que han venido a poner la evidencia de que siguen vivos y activos. Mas, lo que resulta más significativo, es que se puede constatar su estrecha relación con el Partido de la Revolución Democrática y con los nostálgicos del marxismo.
Los tres acontecimientos son: Primero, la celebración “litúrgica” habida el 12 de enero en la Basílica de Guadalupe para algunos de los marchistas y militantes del PRD que participaron en el “éxodo para la democracia”. Segundo: los efectos de la muerte del antiguo Obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, y Tercero: la publicación de una carta que la mesa directiva de la “Conferencia de Institutos Religiosos de México” envió desde el 10 de enero, pero fue hecha pública el 02 de febrero, a todos los superiores masculinos y femeninos de México.
Del primer hecho, cabe destacar que la celebración habida en la Basílica de Guadalupe fue presidida por el Obispo Sergio Méndez Arceo, y, con él, concelebraron el jesuita Carlos Bravo del “Centro de Reflexión Teológica”, muy vinculado al “Movimiento de los Cristianos Comprometidos en las Luchas Populares”, y el dominico Miguel Concha del “Centro de Derechos Humanos Francisco de Vitoria”. En dicha celebración se comparó “El Exodo para la Democracia” con el Exodo encabezado por Moisés hace casi 30 siglos.
El segundo hecho se inscribe en las consecuencias de la muerte del Obispo Sergio Méndez Arceo; puso de relieve el papel estratégico fundamental que él jugaba a favor de los movimientos guerrilleros centroamericanos. Las listas aparecidas en muy diversas publicaciones, de los organismos socialistas que lamentaron su muerte, confirmó esas estrechas vinculaciones, así como que él manejaba cuentas de aportaciones que entidades europeas y americanas destinaban a los guerrilleros.
Los elogios que a raíz de su muerte recibió por sus posturas a favor de los socialistas y los marxistas, no pueden haber confundido a quienes sabían que, desde el pontificado de Paulo VI, sus relaciones con Roma estaban deterioradas en extremo. Fue personalmente Pablo VI quien le preguntó: ¿por qué hace tanto daño a la Iglesia?
Sus “novedades” a partir de 1960 fueron presentadas como anticipaciones a los cambios que vendrían después del Concilio. Sin embargo, los dos principales “anticipadores” que él acogió de su diócesis, acabaron rompiendo con Roma; son los casos del que fuera monje benedictino Gregorio Lemercier, quien introdujo el método de psicoanálisis freudiano para verificar la vocación religiosa, cosa siempre desautorizada por la máxima autoridad de la Iglesia, y el otro famoso caso, el del sacerdote Iván Illich Regenstreif, quien introdujo un sistema llamado “sensibilización intercultural” en su “Centro de Formación Intercultural” establecido en Cuernavaca con el aval del Obispo, para crear un nuevo tipo de misioneros americanos y europeos para América Latina, quienes deberían despojarse de su cultura y aceptar las categorías marxistas que el método illichiano proponía a religiosos y religiosas. Un número de casi siete mil desfilaron por su instituto en unos cuantos años y, luego, fueron a fermentar en varios países centro y sudamericanos.
El tercer hecho es el de la ya famosa carta de la directiva de los religiosos a los superiores mayores de México.
El argumento del grupo que elabora la carta es muy sencillo de entenderse:
Los obispos han errado y no parecen darse cuenta, de que, el reconocimiento jurídico de la Iglesia en México, le hace pagar un alto costo pastoral, dando prestigio internacional al régimen y en el interior del país la jerarquía se enfeuda en las élites y se reprivatiza. El resto del Pueblo de Dios, los que no son jerarquía, quedarán marginados y desprotegidos.
Entre todo lo argumentado por el grupo de superiores religiosos y sus “asesores”, lo que más claro queda es que repiten como tesis central de su argumentación la vieja tesis dialéctica de las dos iglesias: la jerárquica o institucional, frente a la popular y carismática (que ellos llaman “el resto del pueblo de Dios”), de la que por supuesto ellos son la voz y los representantes.
El consejo de la presidencia de la Confederación del Episcopado Mexicano respondió en forma clara y tajante, públicamente por medio de la prensa, y juzgó que la carta y su contenido era: “falso, injusto y calumnioso”, así como “que resultaba ser un clásico magisterio paralelo”.
Este grupo de religiosos enfeudados en la CIRM, seleccionan las citas de los textos en los que se fundamentan, pero lo hacen discriminando los documentos que no les convienen, como es el caso de la Carta Apostólica de Su Santidad Juan Pablo II “a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V Centenario de la evangelización del nuevo mundo”, del 29 de junio de 1990. Esta carta llama precisamente la atención sobre las actitudes de rebeldía de algunos religiosos, en actividades tipificadas exactamente, como la de esta carta de la CIRM, que rompe los vínculos de la comunión eclesial y la cohesión afectiva y efectiva entre los obispos y los religiosos.
De todo lo anterior resulta claro cómo están actuando los más conspicuos “liberacionistas” del campo católico, tratando de engrosar las filas de militantes y simpatizantes del PRD.
Y esto no puede pasar desapercibido, ya que se produce al mismo tiempo que se anima el ambiente intelectual de México con un hecho altamente llamativo: el “Coloquio de Invierno”.
Participaron intelectuales de izquierda, a quienes parece que se les paró el reloj en agosto de 1989; nostálgicos del marxismo, varios de ellos fueron fundadores del “Movimiento de Liberación Nacional” en las mismas fechas en que el Obispo Méndez iniciaba sus “novedades” en el año 60.
El periódico ABC de Madrid calificó este “Coloquio de Invierno” como los “rollos del Marx muerto”, en medio de una fuerte polémica entre dos tipos de intelectuales: los vinculados al liberalismo en la revista “Vuelta”, y los vinculados al “socialismo democrático” en la revista “Nexos” (copatrocinadora del Coloquio junto con la UNAM y el Consejo Nacional de Cultura y Arte).
No deja de inquietar, que dicho coloquio hubiese sido patrocinado con fondos públicos para crear una atmósfera favorable a cierto esquema “social demócrata”, como alternativa frente al “neoliberalismo”.
En otras palabras, en pocas semanas, al inicio de 1992 y ante el nerviosismo en que ha caído el mundo oficial de México por la tensión en torno a la firma o postergación de la firma del Tratado de Libre Comercio, parece importante tomar en cuenta dos hechos que pudieran parecer desconectados, pero que no lo están:
El caldo de cultivo de los intelectuales de izquierda con su “Coloquio” y la intensa actividad de los grupos de la antes llamada “Teología de la Liberación”, que favorecen en última instancia las posiciones cardenistas del PRD.
28FEB92
Por Federico Müggenburg y R.V.
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