Angulos Sociopolíticos
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Angulos Sociopolíticos
PREVALECIO LA TESIS ECLESIASTICA:
PRIMERO, EL RECONOCIMIENTO JURIDICO;
COMO CONSECUENCIA, LAS RELACIONES DIPLOMATICAS
El lunes 21 de septiembre, todos los periódicos del país anunciaban en las ocho columnas de sus primeras planas el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre el gobierno de México y la Santa Sede.
Este hecho resultó sorpresivo, ya que aunque era previsible que ello ocurriría durante el sexenio del Presidente Carlos Salinas, la forma y la circunstancia que reseña el Rector del Colegio Mexicano en Roma, por medio de una revista mexicana, resultan muy llamativos.
“En un juego de concesiones manejado entre el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari y El Vaticano, finalmente se formalizaron las relaciones entre México y la Santa Sede, a casi cuatro años de que Salinas prometió modernizar los nexos Iglesia-Estado.
Pero aún en la fase protocolaria persisten los jalones: El Vaticano exige que -de acuerdo con su tradición diplomática- su delegado apostólico en México sea considerado nuncio y se le reconozca como decano del cuerpo diplomático.
El gobierno mexicano se resiste, ya que el término nuncio heriría susceptibilidades y, por otra parte, el embajador de Cuba es el decano del cuerpo diplomático acreditado en México, por lo que esta distinción no puede dársela al represente del Vaticano”.
Así lo relata Luis Fletes, rector del Colegio Mexicano, entrevistado por la enviada de Proceso a Roma; quien dice que en las oficinas del cardenal Angelo Sodano, secretario de El Vaticano, se precipitaron las fricciones la semana del 14 al 20 de septiembre.
Cuenta que Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de Gobernación, se presentó ante Sodano con una carta del presidente Salinas, en la que le solicitaba formalmente el establecimiento de relaciones entre México y la Santa Sede.
La carta tenía un párrafo “inaceptable”, dice Fletes, en el que el gobierno de México señalaba que al nuncio se le reconocería sólo como “un embajador más” y que el decanato de los embajadores no podía ser entregado al representante de la Santa Sede, ya que está en manos del embajador de Cuba en México, José Fernández de Cossío.
Indignado, Sodano le devolvió la carta a Gutiérrez Barrios. Y hasta estuvo a punto de romper las pláticas para el acuerdo final”.
Con el tiempo y algunas nuevas revelaciones de personalidades eclesiásticas y civiles, se podrá entender por qué la gestión en Roma la realizó el secretario de Gobernación y no el secretario de Relaciones Exteriores, así como también por qué parecía urgir la conclusión de este proceso, iniciado en la toma de posesión del Lic. Carlos Salinas, cuando ofreció “modernizar las relaciones entre la Iglesia y el Estado”.
Los antecedentes que concurren a este hecho son diversos, pero el fundamento fue la elección de Juan Pablo II, y su estilo personal de dirigir a la Iglesia Católica.
Con Juan Pablo II, de origen polaco, se rompió una costumbre de casi 450 años cuando sólo habían elegido a papas italianos.
Después de la caída del sistema comunista y la desintegración de la URSS, las interpretaciones coincidieron en señalar a Juan Pablo II como el detonador.
Y no cabe duda de que en el caso mexicano, también, el reconocimiento jurídico y su consecuencia lógica, el establecimiento de relaciones, Juan Pablo II, fue el detonador.
Veamos cómo, ya en diciembre de 1982, al hacer entrega de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Mexicana, el cardenal Ernesto Corripio expresaba en plena sintonía con el Papa lo siguiente:
“6. Ciertamente los trienios pasados han trabajado en un contexto social, político, económico y cultural bastante distinto del que se inició el 1° de septiembre pasado. Trabajaron con empeño y eficacia según el momento histórico que les tocó vivir. Este mismo trienio que termina trabajó la Conferencia sorteando serias vicisitudes frente al Estado que no fácilmente comprende la misión de la Iglesia ni distingue los deberes de los Pastores de las obligaciones de los fieles como tampoco lo que ocasionó algunos mal entendidos cuando los señores obispos orientaban a los fieles acerca de sus deberes cívicos o hacían análisis del país en los niveles de la cultura, economía o política.
“7. Es creíble que la Conferencia en este trienio que principia, tenga que sostener una vigorosa presencia como deber profético sin titubeos, sin temores y con la libertad de que gozan los hijos de Dios. Sabemos que el Profeta no debe guardar silencio ante el Pueblo de Dios cuando es perseguido en alguna forma, cuando el hombre es privado del goce de sus derechos fundamentales y cuando se dan pasos que puedan poner en peligro las instituciones democráticas que puedan existir. Los fieles tienen el derecho de pedir a sus Pastores no sólo les den consuelo y esperanza, no sólo quieren el fortalecimiento de su fe, sino también exigen los suficientes elementos doctrinales para vivir esa fe en el testimonio de su presencia (la de los Pastores) ante las autoridades cuando lo exijan la justicia, la verdad y el bien de toda la comunidad humana y cristiana. Creo que se acerca el tiempo en que hay que hacer más legible esta presencia de la Conferencia porque la Iglesia, con prudencia, pero con energía debe anunciar y denunciar en momentos tan serios como los que se avecinan. Más también ha de alentar y secundar cuanto de verdad y bien promueve el Estado porque donde quiera que hay un poco de bien y de verdad, en alguna forma allí esta el Señor Jesús.
“8. Pero sin duda alguna que para lograr ese vigoroso avance y esa presencia de Iglesia en el contexto ya señalado, es necesario, indispensable y urgente, más y más nuestro afecto colegial que se ha de manifestar no sólo en afecto cordial, sino en el caminar efectivamente en unión y responsabilidad común, como Conferencia, ante los problemas internos y externos que la Providencia de Dios nos señale. Unidos no sólo para consideraciones y lamentaciones, sino para tomar serias y, si el caso lo exige, osadas decisiones ante nuestros fieles y para bien de nuestros fieles. Esto requerirá mayor sacrificio en tiempo, viajes y reuniones de toda índole, pero será necesario afrontarlo todo para bien de la Iglesia, gloria del Señor y testimonio para los hombres. No creo que sea vano recordar aquí las palabras certeras de Karol Wojtyla Arzobispo, de Cracovia, un poco antes de su elevación a Pastor Supremo de la Iglesia: “... queremos orar juntos... para que la situación jurídica de la Iglesia de Polonia quede definida de forma clara y regular. Puesto que somos una comunidad de amplias dimensiones, una comunidad tan grande casi como la propia nación, no podemos quedar fuera del derecho, fuera de las categorías jurídicas. Estas categorías han de quedar muy claras, ya que la definición del estatuto jurídico de la Iglesia define nuestra propia situación y nuestros derechos todos; todo lo que va incluido en el concepto de derecho a la libertad religiosa, derecho reconocido en todo el mundo y proclamado en los documentos internacionales. No hace falta recordarlo.
“Tanto más preciosa es para nosotros la Patria cuanto que ha sido redimida con la sangre de muchas generaciones. No nos apartemos del pasado. ¡No dejemos que nos lo arranquen del alma! Es el contenido de nuestra identidad hoy todavía. Queremos que nuestros jóvenes conozcan toda la verdad sobre la historia de la Nación. Queremos que la herencia de la cultura polaca (aquí podríamos decir: de nuestra cultura mexicana) sea transmitida sin desviaciones, a las nuevas generaciones... Una nación vive de su propia verdad. Tiene derecho a su propia verdad. Sobre todo, tiene derecho a esperarlo de quienes se dedican a la enseñanza, bien sea preescolar, escolar o universitaria... No traicionemos nuestro pasado. No se puede edificar el futuro si no es sobre este cimiento...”.
“9. Hermanos todos: Cuando releía este trozo de la Homilía del Arzobispo de Cracovia en la festividad del Corpus de 1978, ciertamente me preguntaba: ¿Qué hemos hecho de nuestro pasado? Si somos también nosotros una comunidad de amplias dimensiones, tan grande casi como la propia Nación, no podemos quedar fuera del Derecho, fuera de las categorías jurídicas. Y pensaba: No hemos sabido salir del estrecho rincón jurídico en que nos encerraron porque hemos dicho: No vayamos a perder lo que tenemos, hay que ir poco a poco, el Estado ha sido tolerante, la Iglesia y el Estado tienen buenas relaciones, etc. etc. Yo no querría ofender a nadie, ni a mí mismo, pero la Iglesia lleva en México una vida vergonzante, que no hemos podido salir de ella y, para no salir, hemos inventado fórmulas de pretexto para no tener actuaciones más vitales y exigentes, más osadas y evangélicas”.
Queda muy evidente cómo la línea de Juan Pablo II, perfectamente comprendida por el Cardenal Corripio, entonces presidente de la Conferencia Episcopal, marcaba con claridad que la gran estrategia de la Iglesia era obtener el reconocimiento jurídico y, de ello como consecuencia, podría venir el reestablecimiento de las relaciones diplomáticas.
A la inversa, como quizá algunos pudieran pensar, era improcedente, y no sólo por falta de lógica, en el sentido de que no podría reconocerse al todo, negando la parte; sino porque la finalidad por la cual la Iglesia establece relaciones con los gobiernos civiles o cualquier otra entidad de carácter internacional, es expresamente la “promoción del bien de la Iglesia y de la sociedad civil, tomando en cuenta el punto de vista de los organismos episcopales interesados”, tal y como lo afirma en su artículo 46 la Constitución apostólica. “Pastor Bonus”, que regula y ordena las funciones de los órganos de gobierno de la Santa Sede.
01DIC92
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